Cosas que podemos aprender de la muerte y los animales.

Cuando un erizo adulto muere, se repliega en posición fetal, y se coge las manos y los pies como si rezara. Ése, y no otro, es exactamente su último gesto.
En el pueblo de mi abuelo había un perro de nadie y de todos. No tenía casa ni sabía de dueños pero sí contaba con decenas de hogares. Comía de caridad y dormía al raso. Vivía entre el campo y las calles. Los mayores siempre le guardaban caricias y palabras bonitas. Los niños jugaban con él en el río. A veces, fingían que se ahogaban: gritaban y daban manotazos en el agua, adornando su lupoporno. Entonces, el perro saltaba presto desde la orilla y nadaba hasta la bromista víctima.

La agarraba con los dientes, lo suficientemente firme para que no se soltara, lo suficientemente suave para no hacerle daño, y la llevaba a rastras hasta alcanzar un lugar seguro donde depositarla. Todos reían, él nunca se enfadaba. No hubiese sabido por qué.
Aunque la fama se la lleva el camello, la jirafa es uno de los mamíferos que más tiempo puede pasar sin beber. En su cuerpo espigado, tan práctico para algunas cuestiones básicas pero tan aparatoso para otras, se encuentra la explicación. Para alcanzar el agua del suelo, la jirafa no tiene suficiente con inclinar su largo cuello; todavía es mucha la distancia que le queda por salvar. Necesita, además, doblar cómicamente sus cuatro patas, como una marioneta desplomada. En esta incómoda posición, de la que le lleva un tiempo recuperarse, queda expuesta a los depredadores de una forma que erguida no conoce. La jirafa bebe poco pero vive más.
Mi abuelo murió. El mismo que le cambiaba el nombre a mi perra y en lugar de acariciarla, torpe como siempre había sido en esto de manifestar sentimientos, le daba golpecitos en la cabeza. Golpecitos molestos, yo lo sé, por la cara de circunstancias de ella, pero nunca le hacía un feo y aguantaba con resignación aquellas toscas muestras de consideración. Mi abuelo murió, decía, y mi perra no sabía. No sabe, no sabrá. Hace casi dos años que desapareció. Y cada vez que vamos a su piso, a visitar a mi abuela, mi perra le busca por todas partes. Olfatea su sillón, inspecciona en las habitaciones, y al final del recorrido se sube en su cama, ese territorio que antes le estaba vetado, y se pone a ladrar. Aúlla como si lo llamara.
Pese a su fama, David Livingstone descubrió muchas cosas por error y cometió muchos errores sin descubrir nada. El explorador y misionero escocés fue el primero en traer hasta el mundo blanco el mito del cementerio de elefantes, un hipotético lugar al que estos gigantes iban a morir en solitario, sobre los huesos de sus antepasados, cuando intuían que les había llegado la hora. Al parecer, en eso Livingstone también se equivocaba.

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El teckel de aquella familia se apeó del sillón donde le permitían dormitar durante todo el día desde que había caído enfermo. Viejo como estaba, se acercó con dificultad hasta el sofá y colocó la cabeza sobre las rodillas del padre. Después de recibir su habitual dosis de afecto, pasó a la falda de la madre. De ahí, al abrigo momentáneo del hijo pequeño. A continuación, el regalo de las Navidades del 82 concentró todos sus esfuerzos en la hermana mayor. Hechas las despedidas, el teckel de la familia regresó de nuevo a su butaca y en alguno de los minutos que siguieron, dejó de respirar envuelto en el sueño. Me lo contaba el padre años después, todavía con un mar en la mirada. Ése, y no otro, fue exactamente su último aliento.